Déjà vu

Recuerdo que iba caminando, solo, nadie a mi lado que me hiciera compañía. Las gentes que caminaban a mi alrededor y en todas direcciones veían siempre al horizonte (¿?) inexistente, en algún lugar del fondo de la ciudad. Pero nadie me miraba, ninguno advertía  mi presencia ahí. Era invisible por primera vez.

No tenía rumbo fijo, y de haberlo hecho, simplemente no me daba cuenta. Caminaba por lugares conocidos sin consciencia alguna y sin la necesidad de tenerla. Mis pasos marcaban el camino por el que habría de andar automáticamente. Mi cerebro no funcionaba como yo lo recordaba. No pensaba en absoluto… de todas maneras no hacía falta. “Yo” sabía exactamente a dónde me dirigía, sólo que no me daba cuenta.

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El que mira por la ventana

Sentado donde siempre suele estar, descubre un resquicio de luz que le anima a explorar. Se levanta del lugar y vislumbra un halo diferente, casi irreconocible. La claridad que mana de la rendija no parece pertenecer a este mundo. Él la nota distante, fría, acongojante. No sabe por qué pero la nostalgia le hace tener deseos de llorar. Se asoma.

Mira por la ventana y lo que ve le resulta familiar. Demasiado quizás. Y la abrumadora sensación de estar viendo el pasado en los ojos del presente le sabe imposible. El sol que alumbra la calle vacía por donde solía caminar, las mismas calles por donde transitan automóviles de otro tiempo, y el sonido… el sonido de los pájaros, del agua corriendo por el río, de las pisadas de los niños atravesando el mar de gente al salir de la escuela.

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La locura

Extrañas imágenes aparecen en su mente, mientras la música suena, mientras él mira los cristales reflejar su aspecto resquebrajado. Su voz, poco a poco se atenúa, pierde la vida y se desvanece sin más… alza la mirada pero no llega a ver nada, miles de cielos opacos lo distancian de aquel al que busca… decepcionado, la inclina una vez más.

No ha olvidado lo que toda su vida le enseñaron, sigue haciendo las mismas cosas de siempre, pero no se da cuenta, las hace porque no tiene nada más que hacer, porque es una de las pocas alternativas que le ayudan a calmar su obstinada búsqueda de algo… algo que no logra encontrar.

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Escribir un cuento

Escribir un cuento es sentarse a recordar el pasado. Navegar por los entresijos desgastados de la mente y perderse entre sus curvas y recovecos. Recoger todo aquello y ponerlo en un trozo de papel, para luego darse cuenta de que el resultado está intrínsecamente ligado a nuestro sentir y pensar. Es un retrato fiel de nuestra imaginación.

Escribir un cuento es escribir una autobiografía, porque uno escribe acerca de lo que conoce, de lo que ha sentido y de aquello que le ha conseguido hacer doler. Es un autorretrato porque nuestras virtudes y nuestros errores (la mayor parte de las veces con gran abundancia de los segundos) se muestran con extrema fidelidad en ese escrito que hemos conseguido realizar.

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Saludar con la mano izquierda

Los saludé con la mano izquierda, porque sabía que no lo entenderían, o que al menos, si lo intentaban, lo harían mal. Conceptos y creencias antiguas vinieron a establecer que todo lo que tiene que ver con lo derecho es “correcto” simplemente porque hay más diestros que zurdos, fue así que éstos se vieron afectados por ser considerados raros y malignos. Incluso la palabra latina sinister significa “izquierda”. Hoy en día, lo siniestro es malo, perverso, tiende a promover la violencia y la desconfianza… ¿Es cierto?… simples y viejas creencias.

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Debajo de la cama

Debajo de la cama están los monstruos, los fantasmas y todos esos espantos que consumían nuestros sueños cuando éramos pequeños y no nos atrevíamos a mirar. Ahí está la oscuridad eterna, la que esconde toda clase de maleficios y cosas inexplicables. En ese lugar se esconden nuestros miedos y aprensiones, las que a veces todavía hoy nos atormentan por las noches y hacen que los párpados se congelen y no puedan cerrarse, los que nos mantienen en vilo mientras dura la penumbra y ya no están ahí cuando por fin nos atrevemos a mirar por la mañana.

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¿Qué somos?

Es realmente complicado entender por qué las personas son pre – juzgadas de acuerdo al título profesional que antecede a sus nombres. De repente, alguien que posee uno se infla por dentro y piensa que vale más que los demás.

Es comprensible que un título certifique algún tipo de educación o preparación que se ha recibido, pero de ahí a que las personas sean – o dejen de ser – de acuerdo a su epíteto parece inentendible.

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