Navidad

Nunca nadie me dijo qué era la Navidad.

Para mí, era ese tiempo extraño y desconocido, en que mis parientes se alborotaban sin razón aparente. Yo era siempre relegado. Había vivido con ellos toda mi vida, porque mis padres murieron apenas yo nací. Por eso, no sentía nada de la emoción que todos ellos tenían cuando se aproximaban esos días en que la nieve tapaba nuestras ventanas. Había regalos, comida para alimentar a treinta familias, muchos caramelos, y sobre todo, niños felices.

Menos yo.

Yo no me sentía parte de ellos. No tenía un vínculo especial, y por eso, cada vez que llegaba Navidad, me imaginaba al señor Ebenizer  Scrooge siendo visitado por los fantasmas de la Navidad. Me imaginaba, que esos fantasmas vendrían una de esas noches de 24 de diciembre y me llevarían a otro lugar.

Nunca llegaban.

La Navidad transcurría entre brindis, abrazos, regalos, luces y más tradiciones festivas. En un momento dado, nadie se acordaba de mí. Nadie reparaba en el niño aislado que veía todo desde la esquina del salón. Hubieran podido llegar en ese momento los fantasmas y llevarme como yo quería, y nadie se daría cuenta.

Luego, cuando la noche y la negrura se posaban encima de todos, la algarabía terminaba. La emoción duraba tan poco que me parecía un acto de autocomplacencia. Una necesidad inherente a todos de buscar la manera de sentirse felices por una noche. Luego, al siguiente día quedaría un poco de todo ese entusiasmo. Pero al siguiente y los otros que vendrían, todo volvería a la normalidad. La misma frialdad de siempre. La misma rutina de todos los días.

Por eso, para mí, la Navidad apestaba.

Apestaba, hasta el año en que la Navidad me cambió la vida.

Fue el año en que cumplí once o doce, no lo recuerdo bien. La llegada de la nieve anunciaba la venida del tiempo de Navidad. Me preparaba para presenciar el mismo espectáculo de todos los años. Para vivir esa fecha como una estatua más de la decoración.

La noche del 24 de diciembre, me senté en el mismo rincón de todos los años a mirar cómo los demás bullían de felicidad con sus regalos, sus abrazos y la emoción de encontrar lo que más deseaban debajo del árbol. Yo esperaría, a que alguien me regalara un suéter marchito o un juguete simple.

Pero hubo un instante, en el que me di cuenta de algo,  parecía como que el tiempo se había detenido, o que yo pertenecía a otra dimensión. Todos vivían en un mundo, y yo en otro. Fuera, en la calle helada, una luz apareció, iluminando por un tiempo indescriptible la calle desierta, y así como apareció, sin más se desvaneció.

Nadie hablaba conmigo, nadie repararía si yo no estaba presente esa Navidad.

Nunca había salido a la calle a esas horas. Hacía demasiado frío y parecía que los pies se pegaban al pavimento como acero. Probablemente la luz que había visto era una simple imaginación sin sentido. Así que decidí regresar, pero la puerta de la casa estaba completamente cerrada y nadie oiría mi llamado.

Dentro de las otras casas, todos estarían celebrando la Navidad. Nadie oiría  al niño estúpido que había decidido salir a la calle en la noche más fría del año.

Así que, con las lágrimas galopando en mi garganta, continué el camino hasta algún lado en donde pudiera abrigarme. No tenía nada de esperanza en realidad, porque sabía que nadie abriría la puerta, buscaba un imposible en Navidad.

Al torcer la esquina de la casa, sin embargo, cuando mis últimos suspiros se estaban consumiendo, vi la luz que estaba fuera de la ventana de la casa, o la imaginé, no lo sé. Y caminé directo hacia ella sin pensar en absolutamente nada.

Fue todo demasiado raro. Mi visión era borrosa y no sé qué tuve que hacer para arrastrar mi cuerpo hasta la puerta abierta de donde salía la luz amarilla en medio de tanto negro y gris.

No sé cuánto tiempo estaría así. Pero cuando desperté. Estaba en una biblioteca tan grande que mis ojos no alcanzaban a verla entera. Las columnas de libros se alzaban por sobre mi cabeza y parecía que llegaban al infinito.

Nunca había estado ahí, pero se sentía bien, cómodo y diferente. Nunca había sentido eso estando en casa.

Fue entonces que reparé que había alguien junto a mí en ese lugar.

Era una niña.

Era la niña más hermosa que había visto en toda mi vida. Sus ojos eran claros y tenían un brillo especial a la luz de las tenues velas que medio iluminaban el lugar. Su cabello dorado recogido en un moño rojo parecía tan suave y liso que se rompería al tacto. Su sonrisa era lo más reconfortante que mis ojos habían podido ver. No dijo nada. En sus manos había una taza de chocolate caliente. Se acercó poco a poco, sin dejar de sonreír, y me la dio.

Al principio me asusté, pero después fue como si nos conociéramos de siempre. Conversamos de tantas cosas que no recuerdo todo lo que dijimos. Yo solo la veía. Su imagen en mi mente no se podrá borrar jamás. Ella tenía una cinta roja en su muñeca,  un collar de perlas y un vestido blanco con detalles de diamante.

Una vez que las velas se consumieron, dormimos con el calor del otro como manta. Su mano pequeña agarrando la mía me dio tranquilidad. Dormí como nunca lo había hecho, soñando en ángeles y fantasmas que me llevaban de la casa a otro lugar, más caliente, más real.

Por eso, a la mañana siguiente, el frío me despertó. Estaba solo. Salí desesperadamente a la calle intentando encontrarla, pero no estaba allí. La puerta de la biblioteca se cerró detrás de mí y no pude volver a entrar en ese lugar nunca más. El siguiente año, mis parientes me enviaron a la escuela militar. No regresé a la casa en que crecí.

Esa mañana después de Navidad, encontré la cinta roja de su muñeca agarrada a mi mano.

Nunca nadie me dijo qué era la Navidad.

Para mí, la Navidad es ella, y nadie más.

Lenin V. Paladines Paredes

lv.paladines@gmail.com

 

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