Día de muertos

–          La verdad es que no sé por dónde comenzar.

–          En algún momento tendrá que comenzar a hablar, es por eso que está aquí, ¿verdad? – replicó el policía, que empezaba a perder la paciencia.

–          Usted sabe ya que fui yo quien lo hizo. No creo que haya necesidad de saber nada más.

–          Ésa es precisamente la cuestión – le respondió el hombre del uniforme – necesito saber todo. No saldrá de aquí hasta entonces.

–          ¿Por qué?… deberíamos dejarlo todo ahí… ¡Vamos! ¡Condéneme!

¿Condenarlo? … ¿Condenar a un cura?… La cabeza del oficial bullía por el desconcierto.

Él era una persona religiosa y se consideraba creyente de todas las tradiciones y ritos que imponía la Iglesia. Nunca pensó que algo parecido le sucedería alguna vez.

Desde niño le habían enseñado que los sacerdotes eran máximos representantes de Dios en la Tierra, que eran sabios y que siempre, siempre buscaban hacer el bien a las personas.

Estaba equivocado…

Ahora tenía delante de sí a uno. Uno de aquellos a los que había respetado toda su vida. Uno que lucía cabizbajo y serio, pero no arrepentido, nada de eso.

Tenía delante a un asesino frío e indolente.

A un loco.

Salió un momento de la habitación en donde habían confinado al sacerdote. Necesitaba pensar.

¿Qué podría hacerle?

Dentro del él libraban una batalla las creencias básicas sobre el bien y el mal.

Sobre Dios y el Demonio.

¿Estaría viendo en lugar del apacible sacerdote a un ente horroroso, salido de la oscuridad del averno?

Simplemente no podía pensar bien. No era algo normal lo que había sucedido.

Comenzó cuando le llamaron de la central. Era urgente. La Iglesia estaba en llamas. Primero pensó que sería un incendio, común y corriente. La verdad es que no le prestó demasiada atención al asunto. Sabía que los bomberos estaban en camino y que todo se solucionaría pronto, supuso que lo llamaban para realizar las inspecciones de rutina, que no habría nada de qué preocuparse.

Hasta que llegó.

Nunca olvidaría la sensación que le produjo el ver el retrato dantesco que tenía enfrente.

Probablemente no fue tanto la imagen devastadora del templo quemado hasta sus cimientos, sino los gritos. Había muchísimas personas amontonadas alrededor de los restos calcinados. Todas gritaban y gesticulaban como posesas. Decenas de otros policías intentaban esforzadamente contenerlos, no dejarlos pasar.

Y luego fue el olor.

Ese olor indescriptible a carne chamuscada le heló la sangre y lo mantuvo petrificado metros atrás de todo. Por un momento, su mente se paralizó al punto de no poder procesar lo que sucedía.

Sabía que ese día no lo olvidaría jamás.

Regresó al lugar en donde se encontraba el cura. Éste se veía tranquilo, satisfecho de sí mismo.

El policía no lo entendía.

Sintió ira, y perdió la paciencia.

–          ¡Habla maldita sea! ¡Habla engendro de mierda! ¡Habla!  –  loco de rabia le propinó al anciano una bofetada con todas sus fuerzas.

El sacerdote cayó, pero mantuvo su mirada al suelo.

El policía se desinfló. Nunca lograría sacarle nada.

Se dispuso a salir.

–          Espera… – el anciano habló – .

Dio la vuelta y esperó hasta que la voz vieja y raída continuara el relato.

–          Tienes… tienes que entender – le dijo.

–          ¿Entender qué?

–          Que lo hice por su bien.

El policía no podía dar crédito a lo que estaba escuchando.

–          Fue su culpa – el anciano continuó.

–          Fueron ellos, ellos con su idiotez de festejar un día de muertos que no tenía nada que ver con sus costumbres.

–          Fueron ellos con sus disfraces y sus calabazas que lo ocasionaron todo.

–          Los convoqué en la iglesia, les dije que tenía que decirles algo importante.

–          Los reprendí, sí… les pedí que meditaran sobre sus actos, sobre sus costumbres.

–          Les pedí que se quedaran solos un momento, que los dejaría solos para que reflexionen.

–          Cerré todas las puertas con llave, y prendí la iglesia en llamas.

El cura lo miró fijamente con los ojos llenos de odio. Ese hombre estaba maldito. La garganta se le secó y pensó que no podría soportar viéndolo un segundo más.

Porque recordó lo que vio en aquella iglesia.

Fue después cuando llegó el terror. Después del olor y de los gritos. Cuando el oficial de policía se aproximó al lugar, cuando atravesó el cordón de uniformados y vio lo que había dentro.

Había por lo menos un centenar de cadáveres dispersados por el suelo y las bancas. Intentaron escapar, hicieron todo lo que pudieron pero no lo lograron. Hombres, mujeres y niños confundidos en la negrura de la ceniza. Todo consumido por el fuego.

Pero lo peor estaba al fondo.

Había una sola persona viva dentro de esa iglesia aparte de él.

Era el cura, sentado bajo el altar, mirándolo todo desde su posición privilegiada. Contemplando, tranquilo el resultado de su operación.

Había resultado tal y como lo había planeado.

Estaban solos, el policía y él. Dios nunca había pisado ese lugar.

Lenin V. Paladines Paredes

lv.paladines@gmail.com

@lvpaladines

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2 pensamientos en “Día de muertos

  1. rbaralt dice:

    Hola Lenin, desde que leí este relato la vez que lo publicaste te escribí desde mi móvil (algo pasó el dia que dejé el comentario que no se publicó). En fin, ahora desde la PC es más fácil. Lo importante: demuestras con este escrito tu excelencia narrativa. No en vano obtuviste un premio con tu novela. Me encanta leer cosas buenas, y este relato no tiene desperdicio. Además, el tema que se trasluce en la trama muestra a un personaje que para muchos es “intocable” pero la maldad está presente en todos los humanos, en mayor o menor medida. Te felicito por la calidad literaria y será un placer seguir leyendo tus escritos.
    Gracias también por el comentario en mi blog, me agradaría muchísimo que te hicieras miembro de él, me gusta que gente como tú pertenezca a ese espacio de Librepensamiento.
    Un abrazo desde Venezuela para tí y para mis hermanos ecuatorianos.
    Rafael Baralt
    @rbaralt
    @raguniano
    (PD: Por cierto, ¿estás en facebook?. Me encantaría agregarte a mi grupo de amigos. Yo aparezco como: Rafael Baralt Lovera. Hasta pronto)

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